La voz que quema los mapas.

«La voz que quema los mapas»
Aquí no hay alfombra para esconder el polvo.
La voz nace del núcleo de las palabras, de ese lugar donde lo onírico y lo utópico
—como dos ríos envenenados de verdad—
se funden en un solo cauce.
Las palabras no son adornos: son ladrillos,
son balas, son semillas, son las uñas con las que
la humanidad se aferra al barranco de su propia historia.
Construyen la mirada, la sociedad, la cultura, el mundo.
Pero también los sueños, esas perlas que el tiempo no puede tragar,
como la buena fortuna que llega sin avisar,
como las bendiciones que se cuelan por las grietas de lo roto.
Pero cuidado: esta voz no es solo lumbre, también es cicatriz.
Es prosa poética que se alza como puño,
manifiesto escrito con tinta de veneno y esperanza,
denuncia que perfora el silencio cómplice.
Es protesta que no pide permiso,
sino que irrumpe, como un relámpago en la noche del ego,
ese monstruo de mil máscaras que al final
—debajo de tanta mentira—
solo es miedo. Miedo vestido de poder.
No es lugar para ojos que no quieren ver,
para oídos que prefieren el eco de su propia sordera.
Aquí no se discute: se siente.
Aquí no se argumenta: se canta, se pinta,
se araña el alma hasta que sangren versos.
Aquí se respira hondo, aunque el aire huela a quemado.
La mirada está en la piel, la escucha en la mirada,
la piel afina los sentidos como un instrumento desafinado por el olvido.
Descubre olores, tiempo, heridas que nadie quiso nombrar.
Y la boca… la boca escribe.
Para vivir.
Para no llorar.
Para no morir.
Bienvenidos al incendio.
Bienvenidos al grito que nace cuando ya no queda aire.
Bienvenidos a la palabra que no pide perdón.