Más allá del color: la esperanza desarmada y el duelo de un sueño político”

Por Mónica Durán

Yo voté por AMLO. Fue un voto tejido con hebras de fe y un horizonte de esperanza. No fue un voto por un color, ni por una sigla, sino por la promesa a un país donde la dignidad pudiera florecer en los surcos abandonados de la historia.

Aguardé y contuve insultos, desprecios, apodos que buscaban minimizar mi convicción, como muchos a quienes el corazón de un pueblo nos late en el propio, como a muchos que amamos nuestra historia, nuestra cultura y nuestras tradiciones, como a muchos que nacimos en hogares donde padre y madre proveían, y que mas allá de agresiones, irónicamente, afilaron mi mirada: entendí que no estaba luchando contra un adversario, sino contra la carcasa vacía de un sistema que devora sueños y escupe estadísticas.

Mi voto no fue por un hombre, ni por un partido. Fue por los mexicanos que se levantan una y mil veces de las caídas que el destino —o la injusticia— les impone.

Fue por las mujeres que habitan un mundo diseñado para temer: mujeres cuya piel se ha vestido de capas silenciosas —grasa, cansancio, resistencia— para sobrevivir a un sistema que las somete, las vigila y las agrede.

Voté por el saber, por el derecho a aprender y sobre todo, por el deber de brindar a otros lo aprendido.

De política sé poco; de datos, conozco hechos. Pero de ser humano conozco bastante. Conozco la textura de la honestidad, el sabor amargo de la traición, el calor de la transparencia en un mundo de dobles morales.

Amo los libros que guardan verdades ajenas, el chocolate que derrite lentamente la nostalgia, los suéteres que abrigan el alma en invierno.

Escribo desde niña porque las palabras son mi refugio y mi acto de rebelión: en ellas habito el otoño de mi vida con plenitud, sabiendo que cada línea es semilla.

Defendí a Morena con la convicción de quien cree que la lucha es por esencia, no por colores.

Hasta que hoy…

Me rendí porque en mi Estado —hablo desde mi ignorancia, pero también desde mi sentir— la Cuarta Transformación nunca llegó. Leí completito los estatutos y me conquistó el Humanismo, desde la mirada mexicana. Comulgue con la visión de País.

Arribó un séquito de políticos que comulgan con la ignorancia depredadora, el abuso y la arrogancia.

Aquí, en esta tierra bendita, la Cenicienta del Pacífico, ellos mismos —con sus actos— están tiñendo de gris nuestra esperanza.

Temo a a avaricia, a la gula, a la obsesión por el poder. Temo a la corrupción y al tráfico de influencias, de vidas. Pero sobre todo, temo que sigamos viendo solo los síntomas y no la enfermedad.

La delincuencia y la corrupción no son monstruos sueltos; son voces distorsionadas de un sistema que hemos creado entre todos.

Son gritos de una necesidad oral insatisfecha, de hambre de alimento, de abrigo, de amor, de espacios donde ser y crear y crecer.

¿Por qué nadie pregunta de dónde nace el miedo? 

El miedo que habita tanto en el “bueno” como en el “malo”. 

El miedo que nos paraliza, que nos corrompe, que nos vuelve cómplices. 

Vivimos en una sociedad que valora más lo cuantifiable que lo sensible. Pero el ser humano no está hecho de datos; está hecho de piel, de memoria, de silencios, de sueños rotos y esperanzas intactas.

Cada uno siente de manera única, como si pensáramos en una flor: jamás será la misma para dos miradas.

El sistema no es solo económico o político; es la estructura invisible que justifica el desarrollo a costa del crecimiento comunitario, que valora el récord sobre el recuerdo, la productividad sobre la plenitud.

Nuestros “datos blandos” —esas historias que nos habitan— son los que realmente explican quiénes somos y en qué nos hemos convertido.

Es difícil decir la verdad. 

Es más fácil disfrazar la realidad, maquillar los hechos, silenciar el corazón. 

La cobardía, la traición, la doble moral… son mecanismos de supervivencia en un mundo que premia la máscara y castiga la autenticidad.

Y sin embargo, ahí sigue la esperanza. 

Persiste. 

Como un río subterráneo que nutre la tierra árida. 

Es un presente constante, un motor que nos impulsa a construir, aunque el tiempo nos alcance, aunque la vida pase y nos encuentre —algunos— aún soñamos con un mundo lleno de respeto, armonía y paz.

Soñamos con un mundo donde la vida sea expresión pura de su magnificencia: en el agua que cura, en la tierra que sostiene, en el fuego que transforma, en el viento que libera.

Soñamos con un equilibrio ecológico de existencia, donde la biodiversidad humana y natural conjuguen todos los verbos en un lenguaje de respeto, confianza y participación.

Quizá la verdadera transformación no empiece en las urnas, sino en la conciencia. 

En volver a tejer comunidad. 

En escuchar el miedo para sanarlo. 

En abrazar la vulnerabilidad como acto político. 

En entender que, el síntoma no se combatirá con violencia, sino con reflexión profunda y acción compasiva.

Este no es un texto de rendición. 

Es un manifiesto de esperanza en duelo. 

Es un voto que renace desde las ruinas de lo que pudo ser y no fue. 

Es una invitación a seguir creyendo, pero con los ojos abiertos y el corazón alerta. 

Porque al final, el otoño predice el próximo invierno, la vida ya nos alcanzó, -a algunos-, y lleva prisa y no nos percatamos de ello.

Caminamos y un día solo somos todos eso, huella, y antes de ser borrada por el viento y la arena, vale la pena que nuestra huella sea digna de ser contada.

Mo